foxter
Los domingos siempre eran lentos y éste no era la excepción. Eran los únicos días en los que Javier podía levantarse tarde, no preocuparse por el trabajo y quedarse en casa disfrutando de una mañana con su esposa. Naturalmente le costaba despertarse, pues los sábados siempre salía con Gabriela a cenar y después a encontrarse en algún bar con sus amigos a hablar sobre el trabajo. Ella conversaba con sus amigas sobre lo ocupado que pasaba su esposo. Javier era un ser trabajador que se levantaba todos los días antes que el sol saliera y estaba camino a la oficina antes de que Gabriela despertara. El cansancio de la semana era algo que se acumulaba y cubría a Javier en esas mañanas y, a pesar de no tener que ir al trabajo, siempre se levantaba de la cama antes que su esposa.
Esta rutina era algo que molestaba a Gabriela, pues durante la semana, Javier no se encontraba en casa para ayudarla a cuidar a los hijos y otras tareas mundanas pero tediosas. La única forma que Javier le compensaba a Gabriela por su falta de atención era dedicando todos los domingos consentirla y evitando todo otro tipo de actividad que no tuviera el propósito de hacerla feliz. Esto lo hacía no porque él le temía a su esposa o lo que ella haría si él no le dedicaba por lo menos un día a la semana, sino porque él sinceramente se sentía culpable de no poder dedicarle más tiempo. El trabajo, aunque pagaba bien, dejaba algo más que desear.
La primera hazaña de la mañana era traerle café a la cama, pues no había nada que le gustara más a Gabriela que tomarse una taza de esa infusión preparada por su esposo con tanta delicadeza que parecía una cirugía de alto riesgo llevada a cabo en la mesa de su habitación. Los granos tostados no más de una semana atrás y recién triturados con un molino de mano eran perfectos para la prensa francesa. Los echó junto con el agua hervida en el tubo de vidrio. Esperó cuatro minutos y, mientras esperaba, recogió la revista The Economist y empezó a leer un artículo titulado Occupational Vulnerability for Psychologists. Terminaron los cuatro minutos. Empujó la prensa y sirvió el líquido en una taza. Caminó hacia la cama con la taza en una mano y un plato con un pizzelle de vainilla en la otra mientras veía a Gabriela que todavía yacía dormida debajo de las sábanas de ceda. Al ver dormida a la mujer que extrañó durante toda la semana, un sentimiento de tranquilidad se adueñó de él, pues Gabriela daba a entender que en ese momento solo existía ella y no los problemas, el trabajo y el tedio de la vida diaria. Tanto se relajó que la taza de porcelana se deslizó de su mano derecha, quebrándose en mil pedazos al chocar contra el suelo y mojando los tablones de madera que formaban parte de la superficie.
Fue al escuchar el crujido de la taza que se levantó Gabriela y le dijo a Javier que no se preocupara. Corrió fuera de la habitación para buscar algo con qué secar el suelo y recoger los pedazos de porcelana. En tales condiciones uno esperaría que el responsable acuda a limpiar. Sin embargo, Javier se quedó viendo los restos de la taza y sintiendo el líquido —que ya estaba tibio por el repentino aumento de superficie— que tocaba las plantillas descalzas de sus pies. Esa taza le hizo recordar a alguien a quien no había visto en más de diez años. Fue durante un invierno que Javier había quebrado una taza de café al entrar a la oficina de Simon Foxter.
Simon trabajaba de psicólogo en el instituto donde Javier había estudiado en el extranjero. Pocos sabían que en sus tiempos de estudio, Javier lo había visitado semanalmente para discutir problemas que, aunque caían en la categoría de cotidianos, afligían a un joven que acababa de dejar su hogar para ir a un país donde todo era diferente. Ni Gabriela sabía su nombre, pues cuando Javier lo mencionaba, era en un comentario inocente que tomaba la forma de — Yo visité un psicólogo cuando era un estudiante. —
Naturalmente, Simon era estadunidense. Alto y delgado, su cuerpo se parecía al de Javier pero tenía pelo café y una barba de longitud media y textura suave. Parecía ser producto del estereotipo de un psicólogo. Se sentaba a escuchar a Javier mientras se acariciaba la barba, vestía suéteres de lana que le llegaban hasta el cuello y usaba lentes redondos que lo hacían verse como un ser intelectual.
Lo interesante era que Javier no conocía nada del tal Simon aparte de su nombre y que en aquel tiempo estaba cursando una maestría en la Universidad de Boston. En esas sesiones hablaban sobre muchas cosas muy personales, jugando ajedrez y tomando café simultáneamente. Esas largas horas le permitieron a Javier sentir como si Simon fuera un amigo de su juventud. Un amigo que nunca volvió a ver después de su graduación.
Con seguridad, Simon probablemente terminó su maestría para unirse a un consultorio privado en la industria. La cantidad de gente que vio el interior de su consultorio era incontable. Simon había visto una variedad de casos impresionantes y había llegado a conocer las profundidades de tantas personas que analizar a pacientes se volvió un instinto. Algunos salían más tranquilos que cuando llegaban; otros, angustiados por conocer una parte de ellos que nunca habían explorado. De los casos que él tenía que tratar no todos le interesaban pero de vez en cuando, alguno le recordaba la razón original porqué era un psicólogo. Es común que los psicólogos decidan dedicarse a tal profesión por algún evento que les haya transcurrido y Simon no era la excepción.
Los casos severos sobraban, pero a Simon le interesaban los días que entraban jóvenes universitarios con situaciones que no eran severas pero que se habían salido de control por la inexperiencia o falta de interés de los padres en acudir a aconsejar a sus hijos durante sus primeros años de adultez. Esos eran los días que Simon miraba hacia atrás, recordando cuánto había pasado desde que conoció a Ann.
Simon la había conocido en sus tiempos de estudio. Como muchos otros en esa región del norte, Ann había decidido estudiar finanzas. Se conocieron en un evento estudiantil donde Simon estaba hablando de la salud mental y ofreciendo consejos rápidos a aquellos que estaban angustiados por los exámenes finales que se acercaban. La ayuda que Ann recibió de Simon la salvó de la ansiedad que la sofocaba frecuentemente. Regresando por más consejos cada vez que lo veía en el campus, Ann decidió preguntarle si quería salir por un café. El espíritu auxiliador que Simon cargaba en su vida fue lo que hizo que Ann se sintiera cautivada por él. Nada en este mundo era mejor para ella que los momentos en que Simon la consolaba y la hacía sentir segura en un mundo que estaba ahí para acecharla.
A Simon le gustaba salir de la rutina del consultorio y según él lo hacía pasando el tiempo con Ann. Muchas veces las interacciones que ellos tenían transcurrían de una forma muy similar a las que Simon tenía con sus pacientes, con él preguntando cómo se encontraba en el momento y Ann hablando de forma indefinida hasta ser momentáneamente interrumpida por él para sugerir o preguntar algo. En los ojos de Simon, esto no se parecía en nada a lo que transcurría en su oficina porque a diferencia de su trabajo, él se sentía atraído al escuchar a Ann hablar y emanar su suave voz por los pasillos de su apartamento.
A pesar de sufrir de ansiedad causada por un futuro incierto, Ann tenía un espíritu muy emprendedor y le sugirió a Simon empezar su propio consultorio privado. Al principio, él consideró esto una locura, pero unos meses después del comentario, se dio cuenta que sus previos pacientes estaban recomendándolo a sus amigos y conocidos y con eso no solo su fama había incrementado, sino también el número de personas que venían a preguntar por él. Viendo tal oportunidad, decidió emprender lo que Ann había concebido y abrió un consultorio privado donde él practicaba su profesión con libertad y sin una estructura burocrática que imponían regulaciones y comisiones absurdas.
Con la libertad también vino la soledad, pues en el consultorio donde solía trabajar había muchos colegas que, aunque no eran amigos, fingían tener alguna conexión que le ayudaba a relajarse y deshacer el estrés que el trabajo imponía. Al trabajar solo, eso ya no existía.
Muchos se imaginan que por algún tipo de magia o conocimiento superior los doctores no padecen de enfermedades u otras condiciones, pues, ¿quién ha de imaginarse a un doctor enfermo? Esto no es cierto y quien sea que aplique tal lógica a los psicólogos está igual de incorrecto. Estos también sufren de estrés, tristeza, shock y otras condiciones que contraen de sus pacientes o que son generadas por las dificultades y sorpresas de la vida. Es la responsabilidad de un psicólogo compadecerse de su paciente y realmente conectar con él pero esto muchas veces trae efectos adversos. Cuando entra alguien que realmente le impacta al consejero es cuando éste es más vulnerable. Y cuando le pasó a Simon fue una catástrofe.
Era normal que Simon escuchara las grabaciones de las sesiones de sus pacientes, pero con la de aquel, era como que si estuviera adicto. Se sentaba en la sala de su apartamento con un café en mano a escuchar las grabaciones con auriculares para que nadie más pudiera escuchar lo que estaba grabado en ese pequeño aparato. Muchas veces se le veían lágrimas corriendo por sus mejillas. De seguro era ese paciente que le recordaba por qué se había dedicado a lo que hacía.
Esas sesiones y grabaciones afectaron todos los aspectos de su vida. Perdió su apetito, las ganas de levantarse en la mañana, el interés en sus otros pacientes y la felicidad que Ann le brindaba. Ella se empezó a preocupar por él y, ya que nunca fue muy buena con las palabras, no se atrevió a preguntar qué le estaba pasando. Mientras sucedía todo eso, Ann asumió muchas tareas en su trabajo y el estrés acumulaba la ansiedad como una represa que se llenaba hasta ser desbordada. Cuando terminaban los días y ella esperaba la ayuda de su novio para lidiar con su angustia, se encontraba con el tormento de Simon y un desinterés que ella nunca había conocido, pues él siempre estaba ahí para escucharle. Esta vez no era él quien le debía ayudar a ella con su condición, sino ella a él a superar al paciente que no podía borrar de su mente.
Cuando lo encontró sentado en la sala del apartamento llorando ella le pidió una explicación y él respondió:
— No te puedo decir, es un paciente. — y después de un momento — de todos modos, no entenderías. —
Foxter entró a la habitación dejando a Ann enfurecida y cuando ésta entró detrás de él gritando:
— ¿Qué haces ahí parado todavía? —
En ese momento se dio cuenta Javier que esa voz no era de Ann sino de Gabriela. Siempre viendo al suelo respondió:
— Sí. Ya voy. —
You might also be interested in these articles...