Complejo cafetero
Cuando se levantó de la cama estaba lloviendo. Caminó sin camisa por la habitación hasta llegar a la mesa en la esquina donde se encontraba una prensa francesa. Llenó la tetera que solo usaba para hervir agua y encendió la pequeña estufa sobre la mesa. Sus amigos siempre se reían sobre el hecho que la tetera nunca se había usado para hacer lo que su nombre sugiere, té, pero Carlos Zamora sabía que si alguna vez habría de usar la tetera o la prensa para hacer té, las echaría a perder, pues el té tendría sabor a café y el café a té.
Cuando el agua ya hirvió, llenó la prensa francesa de unos granos de café gruesamente molidos y sobre ellos echó el agua hirviendo. La cerró y no tomó nota de cuánto tiempo tenía el café flotando y girando en el agua caliente. Pues él naturalmente sabía cuándo estaría listo al ver el color de la infusión debajo de la luz que filtraba por la cortina. Presionó la prensa, sirvió el café en su taza blanca y tomó un trago. Perfecto. Fuerte pero no agrio, un poco aceitoso y un sabor que aunque familiar nunca lo paraba de sorprender con nuevos estímulos a su paladar.
Abrió la cortina y se paró a ver por la ventana esa mañana gris que le llovía sobre su jardín pequeño, acogedor y lleno de flores. Mientras miraba y tomaba de su taza, pensó en la suerte que tuvo el día anterior. La verdad que aunque no conocía a nadie que hubiera hecho el viaje más veces que él, las calles a Santa Bárbara no eran buenas y una lluvia imprevista podría convertirse en un inconveniente, aun para los conductores con experiencia.
El viaje le fue necesario, ese lunes por la tarde llegaría Melissa Fuentes a tomar café a su casa. Para Zamora, éste era un evento muy importante y su invitada sería una muy especial. El viaje de dos horas a la finca cafetera de su elección en colinas frescas fue hecho para asegurarse que consiguiera los mejores granos arábicos de la nación, claros como la piel de aquella mujer que él esperaba.
Había parado de llover en un instante. El valle es así, un momento llueve, el otro no y nunca se sabe. Aprovechó y sacó una taza del lote rubio y lo echó sobre el comal en el jardín. Encendió el gas y se puso a mover los granos de posición para que estos no se quemaran y que todo el lote tuviera la misma cocción. Con una concentración impresionante, Zamora escuchaba cómo los granos individuales explotaban al llegar a la temperatura adecuada liberando el aceite atrapado adentro y se olvidó del mundo a su alrededor. Mientras el vecindario se llenó de un olor hipnotizante que persistió atrapado en la humedad que la lluvia había dejado esa mañana, Zamora se olvidó del calor del comal que lo hacía sudar de forma incontrolable. Se olvidó que no había desayunado esa mañana. Se olvidó de todo, hasta de su nombre, pues en ese momento solo existían los granos volteándose por el movimiento de su cuchara, cambiando a un color oscuro como el del pelo de Melissa que en las tardes más soleadas absorbía toda luz para emanar un negro que ni la noche misma podía igualar. Cuando estos estaban listos, Zamora los limpió y separó todo grano que se había quebrado en el proceso o no estuviera tostado lo suficiente para satisfacerlo.
Ya estando tostados los granos, almorzó y se duchó para quitarse el intenso olor del tostado de encima. Todavía tenía unos momentos antes que Melissa llegara por el café para decidir cuál método de infusión usaría ese día. Optó por el café turco, pues la experiencia de tomar una tacita con alguien es mucho más personal con tal método.
Molió los granos de forma tan fina que ya ni parecían granos pero un polvo oscuro que corría el peligro de ser levantado por la suava brisa. Consiguió su cezve de cobre (un pote para preparar café) y unas tazas del mismo tamaño que las de espresso pero con decoración geométrica árabe que compró en un viaje que hizo al oriente cuando todavía era un estudiante. Las puso en la mesa con la pequeña estufa de gas, un recipiente de azúcar, unos dátiles importados desde la arabia y el ingrediente principal: el café.
Esperó pero nadie tocó el timbre. Cuando se cansó de esperar sentado se levantó y caminó por la casa con ansiedad. Se aseguró que todos los cuadros estuvieran de forma horizontal y tomó un tiempo para admirarlos, especialmente el retrato de su tío Artemio, quien le había heredado la estatuilla maya que ahora adornaba una esquina de su sala. Organizó el librero y volvió a leer unas líneas de los libros favoritos de su juventud que no había tocado en mucho tiempo. En lo que leía el final de una corta historia sobre un capitán revolucionario que traiciona a sus soldados por una vida mejor como empresario sonó el teléfono y Zamora saltó de su sillón y corrió a contestarlo.
Era Melissa confirmando lo que Zamora ya sabía, ella no llegaría esa tarde. Se tomó la taza de café solo.
El siguiente día Zamora se levantó con una motivación cuestionable, pues Melissa le había prometido que esa tarde si llegaría. Como siempre, hizo su rutina con la prensa y bebió su café. La taza del día anterior tuvo algo peculiar, un saborcillo que quería volver a probar.
Salió al patio que esta vez estaba soleado, siempre húmedo, pero soleado. Sin camisa encendió el comal y puso una taza de los granos rubios. Trato de copiar el procedimiento del día anterior. Esta vez no vestía camisa porque el calor era insoportable. El olor volvió a llenar el vecindario y se quedó infestado en las fosas nasales de Zamora.
Cuando el café estuvo listo, lo limpió, almorzó y se bañó para esperar a Melissa. Esta vez no era la mujer quien tenía ansioso a Zamora sino el sabor que resultaría del procedimiento de ese día. Ya había pasado la hora acordada por unos minutos y Zamora comenzó a pensar que tal vez esa tarde llegaría a parecerse a la anterior. Esperó un poco más y contempló tomarse dos tazas, una ahora con la prensa francesa y una después con Melissa hecha de la forma tradicional turca pero no había tostado suficiente café para hacerlo. Cuando su mente se imaginaba el poderoso manjar que estaba listo en la mesa y trataba de resistirlo sonó el teléfono y confirmó el hecho que ella no llegaría esa tarde. Fue algo decepcionante pero al mismo tiempo un alivio. Preparó su taza de café turco con tan poca paciencia que la echó a perder. El agua hirvió de una forma violenta sobre las llamas impacientes quemando el fino polvo y frustrando a Zamora. Se relajó y decidió que tendría otra oportunidad de probar el café la siguiente tarde con Melissa, que prometió que esta vez no le fallaría. Aunque la ansiedad había pasado, el olor todavía estaba trabado en la nariz de Zamora.
El siguiente día volvió a repetir la rutina. El calor era peor que el del día anterior y Zamora volvió a salir sin camisa. Cansado por el hecho que tendría que repetir todo el proceso para preparar la maldita taza de café se tomó el tiempo de repetirlo de forma muy lenta. El calor le quemaba la cara poniéndolo incómodo pero la posibilidad de echar a perder el lote lo asustaba más que la media hora de esfuerzo que le tomaba tostar el café.
Terminó de moler suficiente café para ambas infusiones, la francesa y la turca. Se bañó con agua caliente con la esperanza que el vapor le quitaría el olor incrustado en sus narices pero no resultó así. Al salir de la ducha vio que su cuerpo estaba más oscuro, tostado por el fuego del comal. Tenía que ser más cuidadoso.
Como los dos días anteriores volvió a preparar la mesa y en vez de torturarse viendo los granos de café molidos a un polvo, decidió preparase una taza de café con la prensa francesa. Resulto ser la mejor taza de café que alguna vez había preparado en su prensa. Era tanto el sabor que se preguntó cómo habría de saber ese lote hecho de la forma que el café fue destinado a ser hecho. La frescura de los granos se podía saborear en la infusión y ahí entendió por qué los sabios de los desiertos penínsulas tostaban el café en frente de sus invitados.
No pudo resistirse y preparó el café turco antes que ella llegara. Llenó la cezve de agua helada y sobre el agua sirvió una cucharadita de café empolvado y nada de azúcar pues endulzar era el trabajo del dátil que se sirve al lado de la taza. Esperó que en el fuego lento el café se hundiera en el agua y cuando lo hizo lo revolvió una sola vez con la cucharita para soltar cualquier pedazo de café que no se había desecho. Esperó de forma detenida que el agua empezara a burbujear de forma leve y la dejó formar una espuma sin dejarla hervir. Levantó el cezve del fuego y esperó que se helara para repetir el mismo proceso otra vez para crear una capa de espuma sobre la primera. Sirvió todo el café en una sola taza y dejó que los granos que flotaban en agua se asentaran en la base de la taza.
Esa era su taza y estaba a punto de disfrutarla cuando sonó el timbre. Era Melissa. Entró y se tomó la taza de Zamora. Él observó con los ojos muy abiertos como se le escapaba todo el esfuerzo de ese día. Pues ella lo disfrutó y habló de cosas que no le importaban a Zamora, pues lo único en lo que podía pensar era en esa maldita taza de café turco que tenía que haber sido suya y no de Melissa.
A ella le pareció tan placentera la experiencia que sugirió volver a tomarse otra taza la siguiente tarde. Zamora accedió solo para que ella saliera de su casa y pudiera empezar a preparar otro lote inmediatamente.
Cuando se largó Melissa, empezó a llover impidiéndole a Zamora tostar el café en el patio. En su enajenación, esperó toda la noche que parara de llover oliendo el aroma del café trabado en su nariz.
Fue hasta tarde de la mañana del siguiente día que el sol empezó a bañar a las flores del jardín y Zamora pudo salir a tostar el café. Sin ni un solo poco de sueño fue que agarró una taza de granos y las echó en el comal. Encendió el gas y se puso a agitar el café. Poco a poco su rostro se quemaba y su piel se ponía más oscura. Siguió sin prestarle atención a la sensación ajena en su piel. Había inhalado tanto humo que ya ni podía respirar. Fue a moler los granos y al terminar tomo un baño con la esperanza de quitarse el olor que lo infestaba y destaparse la nariz con el vapor del agua caliente para poder disfrutar su taza de café. La tacita que le habían robado la tarde anterior que era suya.
El agua soltaba un calor y humedad familiar. Se quitó los pantalones y quedó totalmente desnudo. Metió su cuerpo en la tina y sintió cómo el agua le relajó el cuerpo. El líquido en la tina se volvió más oscuro y un alivio alcanzó a Zamora porque por fin vio el color oscuro dejar su piel. En ese momento se le abrieron las fosas nasales y un líquido espeso y oscuro salió de ellas. Al ver esto su corazón se paró y su ser se fundió con el agua. La cara se le derritió y de su interior vomitó una infusión negra. Su cuerpo se hundió en el burbujeo lento mientras hacía un intento para abrir el drenaje que succionó la suspensión de granos en el líquido. El molido húmedo se asentó en la base de la tina y lo que quedó ya no era un hombre para recibir a aquella persona que tocaba el timbre.
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