Aquellas tardes de piano
Sentados en el bar, Nicolás recodó la última vez que la escuchó tocar el piano que habitaba la esquina de esa habitación. Fue hace dos años que, cuando él trabajaba en uno de los diseños, ella se sentaba en el banco y alzaba sus delicados dedos sobre las teclas presionándolas para crear melodías que Nicolás extrañó por mucho tiempo. Melodías que ella solo recordaría como simples horas de práctica tediosa.
Así solían pasar las tardes. Él traía unos diseños del taller que necesitaban una segunda revisión y se sentaba en el bar a corregir los errores de sus colegas con un vaso de whiskey mientras que ella perfeccionaba su técnica en el piano. Las horas pasaban y aunque ninguno de los dos expresaba palabra alguna, nunca se sentía soledad pues ella sabía que él escuchaba cada golpe de los macillos y la vibración de las cuerdas que le seguía. Algunos días, visitaba la suegra y esta era partícipe de la dinámica que habitaba esa casa. Entraba, abría una botella de vino de la bodega, y se sentaba a beber una copa en el sillón frente al piano presenciando a su hija hacer lo que ella ni Nicolás podían.
Pues cuando se sentaba con una postura perfecta como la de un pino y volteaba su mirada hacia el teclado los risos de su pelo negro caían en su rostro pálido pero estos eran tan suaves que no le molestaban a nadie. Tocaba en la luz de la tarde y eventualmente en la de la lámpara que yacía detrás del piano haciéndola parecer estar cubierta con una aureola de oro que emanaba un misterio que no solo impresionaba pero era tan seductor que dejaba a todo aquel que la escuchara sin palabras.
Después que Nicolás terminara de revisar los planos se quitaba los lentes y volteaba su mirada a su esposa para presenciar a aquel ángel de oro. Cuando ella notaba que él ya había finalizado su trabajo, terminaba la pieza que estaba tocando. Entraba a la bodega para servirse una copa mientras tenía una pequeña conversación con su madre antes que ésta se retirara y eventualmente se sentaba al lado de su esposo para hablar en voz baja con un segundo vaso de whiskey.
Fue una noche de noviembre cuando llovía que la suegra no llegó y Nicolás recibió la llamada que lo obligó a interrumpirla. La suegra no habría de llegar esa y ninguna otra tarde pero él no se atrevió a decirle eso. No había necesidad. Ella entendió y — Prepararé los paraguas. — fue lo único que salió de la boca de Nicolás mientras que ella lloraba sobre las teclas de marfil. Nicolás nunca se hubiera imaginado que esa interrupción duraría tanto como lo hizo.
Desde esa tarde ella no volvió a tocar. Cuando Nicolás regresaba del taller, se sentaba en el bar. Se aflojaba la corbata y ella se sentaba a su lado sosteniendo su brazo en silencio mientras que él terminaba de revisar los planos y diseños. Esta vez los risos no solo caían en su pálido rostro pero también en los papeles de Nicolás molestándolo, no porque no lo dejaban ver pero porque le recordaba que su esposa estaba ahí y no en el piano tocando aquella suave pero dulce música que él tanto disfrutaba. Así transcurrieron dos años hasta que una tarde él interrumpió el silencio con un comentario que la dejó atónita.
— Me hacen falta las tardes cuando tocabas el piano. —
El siguiente día cuando regreso del trabajo ella estaba sentada en el banco viendo el teclado y al presenciar este momento Nicolás decidió no revisar los planos esa tarde y se acercó a tocarle los hombros. Ella comentó: — También me hacen falta. — Él le levanto los risos de la cara, le dio un beso en la mejilla y ella tocó como lo había hecho aquella tarde. Nicolás se sentó a su lado y contempló cuánto había extrañado esas melodías de piano en sus largas tardes de trabajo.
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