Tazas de Té
Ese día hacía calor. Era tanto el calor que parecía abrazar a todas las cosas con su húmeda presencia atándolas al suelo. Pedro no era el tipo de persona que le impedía el tiempo. Como todos los días se levantó de su cama temprano. El jardín todavía estaba despertando, pues lo único que se escuchaba era el canto de los canarios saludando el nuevo día. A Pedro no le paraba de sorprender que la primera mañana después de regresar de sus estudios en Inglaterra esos cantos le parecían una molestia y ahora no se podía imaginar una vida sin ellos.
Como siempre preparó su té inglés y leyó el periódico. Nadie entendía porque Pedro decidía importar una comodidad tan cara del extranjero en vez de tomar el café cual él mismo producía. Así siempre era el comentario de Diego, el empleado más cercano de Pedro.
— No mira que le puedo conseguir el mejor café de toda la región si usted quisiera. Ese té es muy caro, especialmente con la guerra.—
— No es lo mismo, Diego.—
Pues en los ojos de Pedro nunca sería lo mismo porque el té le recordaba de sus tiempos de estudiante cuando se lo ofrecían en el instituto tecnológico. Tiempos antes de la guerra, antes de dejar de sus sueños, y antes de la muerte de su padre.
— No vez que los aliados tienen la delantera—dijo Pedro tomándose la última gota de té.
— ¿Por qué dice, Pedro?—
—Los aliados acaban de invadir Normandía en Francia con ayuda de los Canadienses y de los gringos, sobre todo.—
— ¿Significa que el té se hará más barato? —
— Tal vez se nos haga la vida más fácil si termina esta maldita guerra.—
Como todos los días por los últimos cinco años, Pedro y Diego se montaron a sus caballos y dieron una vuelta por la finca, observando cómo estaba el legado de Don José. Pues, Don José le había dejado toda una vida de arduo trabajo en esas fincas a su hijo, Pedro. Siendo igual de inteligente que su padre, pero con más oportunidades económicas, Pedro le pidió a su padre el favor de mandarlo a Inglaterra a estudiar ingeniería. Don José nunca le negó esta oportunidad a su hijo ni mostro su preocupación, pues su avanzada edad no le permitía la libertad de enviar a su único heredero a un océano de distancia. Aunque Don José tenía varios años de ser en un recuerdo en la vida del pueblo, nunca lo fue en la de Pedro. El hijo único consideraba las fincas de su padre como la responsabilidad más importante de su vida, más aún que todos sus años de estudio en el institutito.
Después del almuerzo se daban todas las tareas administrativas de la finca. De algo le sirvieron tantas clases de matemáticas. Lo que a su padre le tardaba varias horas, a él le tardaba menos de media, dándole oportunidad para dedicarse a una rutina de entrenamiento que mantenía fuerte su cuerpo de estatura alta: como si se alistara para unirse al frente militar. Todo esto lo hacía pero sólo después de visitar la tumba de su padre.
Le parecía imposible a Pedro que su padre estuviera enterrado ahí, debajo de aquel árbol de mangos. Le parecía imposible que esa casa que dejó antes de irse a Inglaterra fuera la misma. Todo le parecía mentira. Al embarcarse al otro lado del océano, pensó que iba a regresar a encontrar a su padre y que con él iba a lograr alcanzar sus sueños de ser el ingeniero que lanzara esa maldita tierra a una era industrial donde todos conocerían a Don José y a su hijo, el ingeniero Pedro. Nunca se le había ocurrido que la casa donde creció iba a llegar a existir sin la presencia de aquel ser que tanto admiraba. De tal cosa se dio cuenta cuando era muy tarde y ya no le quedaba otra opción que dejar los estudios que amaba para cuidar de todo lo que su padre había construido. Pedro no podía enfrentar estas ideas sin una de sus famosas tazas de té que como una droga lo calmaban y le recordaban de la última cosa que le había dicho su padre: —Te vas a hartar del té, ya vas a ver que fea sabe esa mierda con leche.—
Los días de Pedro transitaron de tal forma por muchos años, con una monotonía que hubiera enloquecido a cualquier otro que no tuviera el respeto y el sentido de deber que Pedro hacia su padre.
Fue hasta unos días después que terminó la guerra que se le contactó a Pedro para recibir a unos refugiados en el puerto local. No todos tenían la habilidad de hablar varios idiomas y personas como Pedro eran muy útiles en ocasiones como éstas. Esa tarde se montaron al automóvil. No había prisa porque el buque estaría varios días para reabastecerse de combustible y alimentos básicos para sus pasajeros.
Esa tarde fue cuando Pedro la vio por primera vez. Era mucho más baja que él, pero eso no le importaba. No era cualquier mujer que le llamaba la atención. Pues esta tenía un aura superior a lo que él conoció en otras mujeres. En su mano cargaba un pequeño cuaderno que sin duda era un diario que mantenía de todas las aventuras que había vivido fuera de casa. La forma en la que en vez de hablar del calor que hacía en este remoto país tropical, analizaba su entorno lista para usar su bolígrafo y escribir sobre otra aventura. Pedro quería conocer todas esas historias. ¿Quién era? ¿De dónde venía? ¿A dónde iba? Ni un sólo momento separó su vista de esa mujer y cuando ella lo vio, en vez de alejarse como cualquier otro hombre hubiera hecho al ser intimidado por tal mirada analítica, él se lanzó a hablarle. Después de una tarde que él pensó que iba a consistir de aburridas tareas migratorias, terminó con un sentimiento de victoria que nunca había experimentado, pues tal mujer había aceptado a compartir una tarde y revelarle partes de lo que tenía escrito en su cuaderno a cambio de la mejor taza de café que probaría en su vida.
— Diego, prepáreme el mejor café que tengamos. Recién tostado y molido para mañana en la tarde.—
— Me pide el café justo después que termina la guerra, cuando el té está más barato que nunca.—
— Nunca dije que el café era malo. —
— Entonces… ¿Qué ha cambiado?—
— Todo ha cambiado.—