Jardín de Edén
Eran las seis de la tarde de un viernes y Álvaro entró a su estudio. La vida que llevaba se reflejaba en la amplia habitación. La pared lateral estaba cubierta con libreros de caoba tallada a mano llenos de ediciones de alta calidad cubiertas en cuero. La pared contraria a la puerta estaba iluminada para exhibir los retratos de sus padres que habían sido creados por los mejores artistas de la región para reflejar sus humanidades en dos dimensiones. Debajo de los retratos se encontraban los mejores tragos que Álvaro conocía. Y en la parte central se encontraban dos sillones y una mesa que tal como la habitación daban a entender: el dueño vivía una vida de lujo.
Decidió dejarse el traje puesto. Sacó su celular para revisar su agenda y decidió ignorar el último evento de la noche, una gala a la cual no quería ir sabiendo que consistiría de toda la comunidad adinerada preguntándole de los resultados financiares del periodo. Los resultados no estaban mal, siempre se había hecho mucho dinero pero estaban muy por debajo de lo esperado por los analistas. Su novia se encontraba en camino a su residencia esperando atender la gala y en vez de tal evento se encontraría con la posibilidad de una cena tranquila en algún restaurante de la ciudad, algo que Álvaro esperaba desde el comienzo de la semana.
— ¿Ron o whiskey? — Dijo el mayor domo, Pérez, interrumpiendo los pensamientos de Álvaro.
— Ron — dijo Álvaro gruñendo y caminando hacia uno de los dos sillones que se encontraban en el centro de la habitación.
Se sentó en el sillón derecho como siempre lo hacía a pesar que ambos eran idénticos. En otros tiempos hubiera agarrado algo del librero para mantenerse entretenido con complejas ideas pero esta vez le pidió a Pérez que le pasara una de esas revistas que su novia leía de vez en cuando.
— Su ron y la más nueva edición de <<Eventos>>. Sugiero que vea la página cuatro. Karina y usted salen espléndidos. —
Abrió la revista esperando texto pero encontró que consistía en su mayoría de fotografías de gente sonriendo con copas de vino y otras bebidas que según Álvaro están sobreestimadas y se volvieron populares porque los millonarios ignorantes las consumen con esperanzas de impresionarse entre sí. Al llegar a la página número cuatro leyó el comentario debajo de su fotografía. <<El empresario Álvaro Sindar y su novia Karina vistiendo atuendos que sin duda eran los mejores de la gala>>. En la fotografía Karina salía espléndida como siempre. Una belleza natural que solo se intensificaba por el vestido delgado de blanco y negro. Sobre todo eran sus ojos que captivaban a Álvaro, tristes pareciendo penetrar y percibir el estado del alma. Al voltear su vista a su propio ser en la fotografía se sorprendió. El traje que andaba ese día resultó ser el más anticuado de su colección. La realidad de lo que representaba esa foto y ese comentario lo entristecían, un intento fallido para satisfacer ego inexistente del joven más adinerado del evento, Álvaro Sindar.
En su intenso análisis de la revista se había olvidado del ron que Pérez le había servido. La substancia yacía en una copita, tal como debe ser, y no en un vaso como la gente acostumbra a hacerlo. Tomó un sorbo. Era algo fuera de este mundo. El ron era más suave que el agua, más dulce que la miel y más agrio que el limón. Era algo que solo un alma deseando disfrutar las verdaderas delicias de la vida entendería. Desgraciadamente, muchos de sus invitados que han tenido la dicha de probar tal elixir lo desprecian por no ser de una marca reconocido por el público. Pues el ron era tan peculiar y raro que las botellas, sentadas debajo de los retratos de sus padres, carecían de etiqueta alguna.
— Mil veces mejor que esa cosa que toman en esas malditas fiestas. ¿No cree usted, Pérez?—
—Es algo de gusto. ¿No? —
—Pues, el que prefiera algo de lo que la gente está bebiendo en estas fotografías, no tiene gusto. Yo, la verdad, prefiero no tomar en esos eventos. —
Efectivamente, en la foto, tenía un vaso de agua. Fue en ese momento que se dio cuenta de algo más que solo él no estaba haciendo: sonriendo. Vio el resto de las fotos y en todas, la gente sonreía. Pensó: <<¿Cómo es que la gente sonríe si el evento estuvo pésimo?>> Cada foto que vio lo hizo más ansioso. Todos parecían estar disfrutando la ocasión. No parecía existir nada más que felicidad en tales imágenes. Se frustró. Pensó: <<Éste año fiscal ha estado muy debajo de las expectativas y a esta gente no parece importarle.>>.
Tomó otro sorbo para relajarse. Decidió bajar la revista y comentó en voz alta —Gente estúpida, no sabe nada más que gastar dinero para verse mejor que los otros— Pérez no contesto, conocía muy bien a Álvaro, a esos comentarios no se le deben dar cuerda. Sabiendo que había hecho algo muy fuera de lo común al ojear la revista, Álvaro, decidió seguir en ese curso. Sacó su celular y abrió <<Instagram>>. Lo primero que vio fue a la hija de un amigo que había subido un <<selfie>> al internet. Tal como las fotos de la revistas, en ella aparecería sonriendo. Siguió revisando las otras fotos y en todas encontró una felicidad falsa y una batalla vacía por la cantidad de <<likes>> que le incitaba una ira fuera de lo que había sentido en muchos años. Se tomó toda la copa de ron de un solo trago.
— ¿Todo bien? — preguntó Pérez al ver un comportamiento tan extraño.
— Me tienen harto todas esas fotos de gente sonriéndose como que si nada. Como que la felicidad fuera así no más.
— ¿Es Karina? —
Después de un momento contestó — No Pérez — dejándole saber que le había molestado el comentario.
— Si son los reportes que le preocupan, estoy seguro que no es nada. No todos los días se gana. —
— Pero… ¿Cómo es que la gente está tan feliz? —
— ¿Y usted no? —
Un silencio se hizo presente. La falta de sonido era tan profunda que daba la impresión que era ésta lo que interrumpía la normalidad y no los comentarios de los seres en la habitación que regularmente estaría callada para permitir sesiones de lectura intensa.
— ¿Alguna vez ha pensado en sus padres? —
Álvaro subió su cabeza para ver los retratos, eran perfectos. Emanaban una confianza que él estaba seguro que nunca tendría. Era como si sus padres parecían ver el más allá, algún objetivo final, algo que Álvaro también quería ver.
— Estoy seguro que aunque esos cuadros enseñan unos seres satisfechos no lo eran así todo el tiempo. La vida nunca ha sido fácil. No ahora. No antes. No mañana. El jardín de Edén no existe. Lo que usted mira es el fruto de toda una vida de trabajo. Eso que usted mira en las fotos es una felicidad vacía porque la satisfacción personal no es algo que se adquiere con la facilidad de ser pintado sonriendo. — Pérez recogió de la mesa la copa que todavía emanaba el olor a alcohol. — ¿Sabe qué es lo que realmente hacía feliz a sus padres?
Después de un momento de silencio y una búsqueda inefectiva de lo que Álvaro pensaba ser un objeto material respondió Pérez — No era su ingreso de empresario sino compartir con su madre y con usted. —
Álvaro odiaba que Pérez hablara de sus padres con tanta facilidad, algo que él mismo no podía hacer. Pero él sabía que su mayor domo estaba en lo correcto. Las memorias de las cenas que tenían juntos eran de las pocas memorias felices que poseía.
— ¿Otra copa? —
— Esperaré hasta que venga Karina. —
— Debería estar aquí en cualquier momento. — Dijo Pérez saliendo del estudio, dándole un momento a Álvaro para que reflexionara.
Álvaro se quedó en silencio observando los retratos. Las palabras de Pérez lo habían librado de un peso que lo había atormentado por mucho tiempo. Tanto era el peso que sentía que volaba en una existencia diferente donde la media hora de espera solo se sintió como un instante.
Hubiera estado sentado observando a sus padres toda la noche si no fuera por Karina que entró a la habitación. Vestida en unos pantalones que a pesar de ser sueltos resaltaban su pequeña pero curva figura. Su pelo negro corto pero liso como una cortina de seda ayudaba a incrementar el efecto que sus ojos tenían sobre Álvaro.
— ¿Todo bien? — preguntó Karina sabiendo que algo monumental había sucedido sin que ella estuviera presente.
— ¿Por qué preguntas? — Dijo Álvaro con un volumen suave que solo usaba con ella.
— ¿A quién crees que le hablas? Te ve cansado. ¿No te has excedido en el trabajo? —
— Fue una semana difícil, pero ya todo está bien. —
Pérez se aproximó con dos copitas de ron y las colocó en la mesa.
— Asumo que ya no quieres ir a la gala, ya que no estás vestido. —
— Llegamos tarde, si de verdad quieres ir. No me tardo mucho en estar listo. — Dijo levantándose. Y en ese momento Karina se le acercó y lo abrazó por detrás como acostumbraba evitándole el paso. Apretaba fuerte con su cara sobre la espalda de él oliendo el olor a oficina que era tan familiar pero que a ninguno de los dos les gustaba.
— Hueles a oficina. —Dijo Karina riéndose.
— ¿No te gusta? — Dijo sarcásticamente.
— Sé que no quieres ir. — Dijo agarrando las copas de ron. — Solo quedémonos aquí. —
Álvaro le agarró de la mano y le dijo:
— Está bien. —
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