Así parece gustarle
Le dije a Marcelo una semana después. Él me preguntó por qué no había ido a cenar a casa de Ana Paola y fue entonces que le dije que ella lo había terminado. Al decírselo, bajó el lápiz, volteó a verme y me preguntó si estaba bien sabiendo que la verdad era que no.
Era normal que Marcelo implantara esas ideas en las cabezas de las personas. Mirábamos una chica caminando por la calle y me decía que debería ir a hablarle. Pues él encontraba mi soltería un problema grave que se debía arreglar.
La primera fue Sofía. Una mujer que conocimos en uno de esos eventos donde se recaudan fondos para alguna causa. No recuerdo la causa pero sí que Marcelo y yo tuvimos una pequeña discusión porque yo no la encontraba tan bonita y él decía que eso era mentira. Me terminó convenciendo de hablarle y de alguna forma captar su atención. Una donación substancial, aunque no la más grande de la noche, de seguro la capturó. A la semana ya habíamos salido por unos cafés y había aceptado la invitación a una cena de mi parte. Este Marcelo la había jugado bien y por él ya tenía una pareja.
Era alta, pero no más que yo y de piel oscura, pero no negra. Tenía una apariencia persa que al principio no encontraba interesante ni tan atractiva. Se dedicaba a atender una galería de arte en la parte más adinerada de la ciudad. Allí llegaban muchos buscando obras de todo tipo. Eso era algo muy peculiar. Sabía todo lo que se puede saber sobre el arte local y podía elegir la pintura adecuada para cada cuarto. Un instinto artístico. Vestía de forma adecuada para cada situación. Conferencias, bailes, y todo tipo de eventos, éramos la pareja perfecta con el atuendo perfecto.
Cuando Marcelo se mudó a su nueva casa, fue Sofía quien le diseñó los interiores. Como siempre impecables y con atmósferas precisas.
Él creía que ella era un ángel caído del cielo. Ellos dos eran muy similares. Les gustaban eso, lo del arte muy moderno que muy pocos entienden y cuando Marcelo se dio cuenta que Sofia era la de la galería cual él tanto visitaba, se alegró más que cuando Ariana había empezado a salir con él. Lo raro era que siempre vocalizaba tal obsesión, hasta enfrente de Ari.
Cuando terminé con ella por varias razones, Ari tuvo que consolar a Marcelo. Pareció tomarlo peor que yo.
Me pidió que lo acompañara a ver una casa que estaba pensando comprar. Era moderna y construida por una arquitecta que no hace mucho había terminado sus estudios en Suecia. Fue Ari quien lo convenció de no comprarla. La verdad: necesitaba de mucho convencimiento porque no era la casa lo que lo interesaba, sino la arquitecta.
Emma era delgada, blanca y con pelo rubio muy corto. Salíamos muy seguido por copas de vino blanco a un hotel que ella había diseñado. No solo el hotel era impresionante, con toques muy modernos, como lo que se ve en el norte de Europa, sino también su casa donde me invitaba a mí y a mis amigos a pasar las noches largas en sus salas minimalistas. Era placentero.
A Ari le parecía rara, pues era una mujer con gustos muy europeos, algo que me fascinaba. Al principio, Ari no la toleraba. Supongo que era por la naturaleza de mi relación con ella. Pues fue Marcelo quien me convenció de hablarle después de aquella visita a la casa que no compró.
Marcelo fue muy insistente. Quería que yo le hablara hasta el punto que fui obligado durante una visita a otra posible casa. Ella aceptó mi oferta a un café porque yo no era el cliente sino Marcelo, y esto lo entristeció de forma irracional.
Él compró una casa diseñada por ella y en ésta era donde Ari la invitaba a pasar largas horas donde cocinaban juntas. La verdad es que Emma era una muy mala cocinera y eran las manos perfectas de Ari que preparaban la comida para que al final viniéramos él y yo a comernos todo.
Fue un pesar cuando se comprometió a un proyecto grande en el Norte. Según ella esta iba a ser la obra por la cual todos la recordarían. Me pidió que la acompañara pero le dije que no podía dejar mi trabajo. Insistió, pero fui estúpido. Ya empezóla construcción.
También era una artista. Así parece gustarle a Marcelo. Esta vez de pelo negro. Era Marcelo que iba a ver sus conciertos. Fue una tarde en que fuimos a una fiesta que le hablé por accidente sin saber quién era. Chocamos al darme vuelta después de recibir un trago en el bar. Fue esa espontaneidad lo que le gustó. — un ingenuo que no le había dado cumplidos por su habilidad musical. Fue después de que él me dijera quién era que seguí mi papel de ingenuo y pregunté por su nombre. Ella, claro, notó que estaba fingiendo pero apreció el gesto y sugirió volver a vernos sin preguntar por mi nombre.
Me molestaba la verdad cómo hablaba de lo bella que era ella. Estoy seguro que yo no era el único a quien le molestaba. Empezamos a salir a escucharla tocar. Marcelo siempre brindaba por su don en el piano.
La regla era simple, nunca mencionar el piano. Años de tocar y perfeccionar su técnica la habían dejado disgustada y cualquier amor que le tenía a la música ahora se había vuelto algo tan normal que ya no le brindaba ningún tipo de emoción. Ahora buscaba cosas más estimulantes.
Cuando llegó el verano, era Ana Paola que me agarraba las llaves del carro y hacía que nos montáramos listos para otra excursión. Eran relajantes, mejor que la vida en el banco. No solo a ella le gustaban las excursiones sino también a nosotros. Éramos los dos siempre quedándonos atrás al subir las montañas. A ninguno le molestaba porque la vista era buena, aunque no estoy seguro si Marcelo estaba viendo a Ari o Ana Paola.
Creo que mi vida no le gustó, pues es muy sedentaria. Del banco a la casa, de regreso, a la casa de Marcelo y por veces a la de Ari. Ella estaba buscando algo más intrépido, una persona que pudiera dejar todo en un instante para salir por un viaje a las Indias. No sé si era en serio pero cuando estábamos cenando juntos hablaba del viaje que quería hacer al Oriente y como siempre después que se largara era Marcelo que sin pena me decía que él también deseaba ir a las Indias.
Al parecer yo soy muy serio, pues cuando Ana Paola terminó conmigo, me dijo que no estaba buscando alguien así de serio.
De serio no creo tener nada. Solo resulta que tengo un trabajo de oficina y por su naturaleza parece ser más ‘serio’ que otros. Solo porque paso todo el día trabajando en el sector financiero no significa que me importe. La verdad: el trabajo es aburrido. Ahí radica su seriedad.
Ana Paola le ayudaba a Ari a mejorar su técnica en el piano. En esas tardes de práctica, Marcelo observaba a las chavas. Se sentaba, servía un trago de gin y fingía trabajar en sus planos. Cuando le preguntaban por qué tardaba tanto su trabajo, argumentaba que los cálculos estaban muy difíciles sin una computadora, pero yo sé que eso era mentira. Le gustaba mirar.
Marcelo había comprado el piano con la excusa de que Ari tuviera cómo practicar. Eso no duró mucho pues resulta que Ana Paola no regresó a enseñarle a Ari. Le dolió más eso que el gasto innecesario.
Cuando me preguntó si estaba bien, le dije que no. Estaba enojado pues la mayoría de esas relaciones sin rumbo eran culpa de él pero yo no le iba a decir eso. No sé por qué le hice caso.
Ari le dijo que no me volviera a hablar pues él solo era una mala influencia. Pero yo creo que ella tenía otros motivos ocultos y de esos nunca supo.
Ari nos empezó a invitar a su casa con más frecuencia. Parecía que era su forma de reducir la posibilidad de que yo, o mejor dicho Marcelo, conociera a alguien.
A él le sofocó esta nueva rutina de fines de semana en la casa de Ari, la suya o la mía. Solo era lo mismo, escuchar música moderna, tomar algún trago sofisticado, comer tapas preparadas por Ari y pasar el invierno. Hasta subió de peso por solo estar comiendo lo que Ari le preparaba y empezó una dieta cual la molestaba porque no le permitía cocinar lo que ella quería, solo una serie de platos simples y sin sabor. Esa maldita dieta fue un fiasco.
Yo siempre he pensado que la comida de Ari es buena, sus tapas en especial, pero Marcelo decía que se había cansado de ellas. Decía que quería un cambio de dieta, y se preparaba algo más para él mismo. Sin embargo cuando alguien paraba de comer de su plato para tomar un trago alzaba la mano y agarraba una tapa. — Sólo para probar — Decía.
El invierno es perro. Cuando se presentó la oportunidad de salir a un evento en el mes de febrero, Marcelo la tomó como una forma de aliviar una desesperación acumulada por los varios meses de frío.
El comentario que salió de la boca de Marcelo esa noche fue muy similar a los de muchas otras fiestas y reuniones que habíamos tenido.
— Escuché que la Ale estará en la fiesta. ¿La has visto? ¿Sabes de quién hablo? —
Le comenté que conocía a alguien más en esa fiesta que parecía estar interesada en mí. Con entusiasmo me convenció de hablarle. Lo hice. Terminó la noche y cuando salí de esa fiesta con la mano de Ari en la mía ella le dijo:
— Si estás a dieta, no deberías estar viendo el menú. —
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