Esa casa
No había entrado a esa casa desde que su padre murió. Trabado en el sur con estudios que no le permitieron regresar, nunca volvió a ver a su padre. Ni en su tiempo de enfermedad.
Parado afuera se recordó cómo al regresar del colegio, su padre le sostenía la mano mientras caminaban por el patio frontal en silencio sin comentar sobre los estudios, pues estos le parecían aburridos no solo a su padre pero a él también.
En la entrada solían habitar dos pinos. Uno de ellos ya no estaba, tal vez se enfermó y pudrió por el descuido del tiempo y el otro ahora era mucho más bajo de lo que recordaba.
En el calor de la ciudad no se aguantaba estar afuera por mucho tiempo, y pues sólo el recuerdo de entrar a la casa blanca era refrescante.
Su padre le decía a las cocineras que tuvieran un almuerzo listo para cuando él llegara y se sentara a la mesa alta de la cocina a disfrutarlo mientras que la cocinera más vieja, cuyo nombre no podía recordar, preparaba pastelitos llenos de mango.Los pastelitos eran para el café de las tardes que siempre se servía en el balcón que daba hacia el éste para que lo alto de la casa diera sombra y se pudiera disfrutar de la vista de la ciudad en la luz de la tarde antes del anochecer.
El primer piso de la casa tenía la cocina y el comedor, ahí era donde su padre recibía el almuerzo y disfrutaba de sus desayunos en las mañanas antes de que saliera al colegio. Aunque el comedor era grande y estaba justo al lado de la cocina, él nunca comía ahí, pues los amigos o compañeros de negocios de su padre venían a discutir cosas que Mateo nunca entendía. Su padre lo invitaba a sentarse a escuchar pero a él le parecía aburrido, prefería pasar su tiempo en el segundo piso de la casa leyendo libros en alemán que su tío le traía cuando se iba de viaje a Europa.
La habitación de Mateo se encontraba en el segundo piso. Aunque era un niño, su padre le puso un escritorio para que no tuviera excusa de no enfocarse en sus estudios. Esto nunca motivó a Mateo a estudiar las aburridas materias de aritmética y ciencias sociales. En vez de estudiar, se sentaba en el balcón que estaba sobre la ventana del comedor a escuchar a su padre hablar con sus compañeros, no porque le interesaba las conversación, sino porque podía saber cuándo habían terminado las reuniones y parar de leer novelas clásicas para correr a sentarse en el escritorio y fingir que había estudiado toda la tarde. Mateo siempre sospechó que su padre sabía que no estudiaba pero nunca pareció importarle porque de todas formas era el mejor estudiante de su clase.
La habitación de su padre estaba al lado de la suya pero nunca lo había visto entrar o salir de ésta y nunca sabía qué había en ella, pues ésta se mantenía bajo llave con la excusa de que no quería niños causando desorden. A Mateo le intrigaba el misterio y soñaba con un día tocar la puerto cuando su padre estuviera adentro para que éste tuviera que atenderlo y pudiera echar un vistazo mientras su padre salía de la habitación. El único problema era que su padre se levantaba antes que él y no importaba que tan temprano programara la alarma, éste siempre estaba vestido y leyendo el periódico o algún libro con su café matutino. Y si hacía un intento de quedarse despierto para verlo entrar a su cuarto fallaba, pues su infantil ser no resistía el sueño y se encontraba en la cama por la mañana.
En las noches, su padre nunca parecía salir del estudio en el tercer piso. Ahí había un librero alto lleno de tomos de todo tipo. Algunos eran regalos y otros eran adquisiciones que había hecho su padre. Aunque en los días de verano Mateo se dedicaba a leer lo que encontrara en ese librero, los tomos nunca parecían acabar.
Su padre le aconsejaba que leyera los clásicos literarios y pues lo hizo pero cuando termino con esos encontró la Historia general de las honduras. Le gustaba imaginarse a los próceres nacionales luchando por los ideales que su maestra siempre señalaba. Al gran Lempira peleando con los españoles que aunque poseían mejor armadura no resistían la pasión de las flechas y navajas del cacique. Lloró al saber que Lempira fue asesinado de forma deshonorable y también Morazán por sus propios compatriotas. Fue hasta mucho después que leyó en un libro más actualizado que Lempira murió en un combate mano-a-mano con Pedro de Alvarado y para entonces ya no tenía esas fantasías como cuando era menor pero siempre le sirvió de consuelo.
Ya entonces estudiaba en la universidad y mandaba cartas regularmente a su padre que respondía de forma breve con mensajes como <<Qué bien, hijo>> y <<Sigue estudiando duro. Aquí te espero>>.
Nunca se imaginó que en el correo llegaría una caja pequeña con las llaves de la casa y una carta de su abogado diciendo que su padre no estaría en ella cuando regresara y que ahora era suya, pues su padre no tenía nadie más en este mundo.
Ahí estaba Mateo, parado en frente de esa casa de la cual se había olvidado, pues no había regresado después de haber terminado la universidad. Ahora lo blanco se había ensuciado por la humedad. Los balcones no parecían suficientemente estables para proveer el refugio para aquel niño que se perdía en lectura sobre ellos. En la cocina ya no habitaban todas las cocineras, especialmente la más vieja que para entonces parecía difícil que siguiera viva. Se preguntó si los cuadros que enseñaban la vida rural del oeste cafetero todavía estaban ahí, y si lo estaban, ¿en qué estado? Esa casa podría estar llena de todas las cosas que él recordó de su niñez pero siempre existía un vacío. Un vació dejado por su padre y la llave a esa habitación.