RE: otoño
Solía tener estas fantasías sobre mi padre en su vejez. Que él llegaría a tener más de cien años y solo los dos quedaríamos en la casa grande donde crecí. Lo llegaría a jalar en la silla de ruedas (mi padre llegó a caminar hasta una edad muy avanzada) a comer a la mesa de caoba que parecía igual de vieja que él. En la mesa le contaba a mi padre sobre lo que sucedía en el exterior, más allá del terreno donde la casa habitaba. Él me respondía sobre lo que opinaba y teníamos estas charlas largas que no llegaban a ningún lado. Hablábamos sobre todo tipo de cosas con tal de siempre tener una tacita de café sobre la mesa.
Mi padre no volvió a hablar, pues el derrame lo dejó sin habla y sin el prospecto de nuestras conversaciones sin rumbo. La noticia me llegó un miércoles por la mañana cuando nevaba y todo estaba cubierto de blanco. El primer vuelo a casa era hasta el siguiente día entonces fui a tomarme un café. El primero de muchos cafés en silencio.
No hay forma de explicar qué se siente cuidar de un padre como si uno fuera el padre. Muchos dicen que es una bendición, pero muchas veces no se siente así. Un hombre mayor no es un bebé, pues un bebé tiene un prospecto. Con un bebé se ve hacia el mañana, pero con un viejo se ve hacia atrás. Lo único que queda es el recuerdo del ayer y en nuestro caso no había forma de que él hablara de éste.
No había manera de la cual mi padre me contara sobre su pasado, sobre la vida que había tenido, sobre antes de que yo naciera y también sobre después. Sobre a cuál colegio había asistido y los amigos que hizo ahí. Sobre los días de racionamiento y de guerra. De los amigos que perdió en la misma. De los días donde dejó su hogar para buscar mejor vida. De cuando encontró a su esposa. De cuando recibió el telégrafo notificándole que su madre ya no habitaba esta tierra. Sobre lo que emprendió para cuidar de sus hermanos. De mi juventud antes de que mi memoria se volviera digna de confianza. Y sobre todo de cómo él nunca necesitó la ayuda de nadie.
Sobre todo, mi padre era ese tipo de persona. Aquel que siempre ayudaba, pero no se dejaba ayudar. Supongo que hay algo acerca de ser proveedor. Tal vez es lo masculino dentro de uno. Tal vez es lo que manda la biblia. O tal vez es sobre hacer algo con la vida de uno en esta tierra donde las cosas parecen ponerse siempre más difíciles y nunca más fáciles.
Era esta actitud que hacía difícil cuidar de un hombre en su otoño. Pues, cuando le dábamos de comer, alejaba la cabeza. Cuando le hablábamos, gritaba. Un hombre como él se no deja ser cuidado.
Lo más difícil es el no saber qué pensaba. Tomar decisiones por alguien que no puede expresar lo que piensa es una tarea prácticamente imposible a pesar de haberlo conocido por toda la vida.
Lo encontraba muchas veces despierto. Perdido en sus fantasías. Tal vez transportado a un tiempo pasado, o contemplando lo que el mundo sería cuando él ya no fuera parte de él. Solo él sabrá.
Una mañana lo tuve que bañar y no paraba de gritar. Con la poca fuerza que tenía alejaba mi mano con la cual sostenía la esponja. Fue entonces que me vio con su único ojo bueno. Sentimos una intimidad que es rara para un hijo y su padre ya estando mayores. Se pierde aquella intimidad que tiene uno al estar pequeño. Con su ojo, me dio una mirada seria de testarudez con la cual respondí con una cara cansada de súplica. Pareció entonces que su ojo no podía mantener aquella fachada y pasó a revelar la honda tristeza que sentía. La pena que provenía de la necesidad de que alguien te cuidara. Y de todo el mundo que podía hacerlo, tu hijo es el que te baña. Pasar a ser peso en la vida de tu hijo. Lo único que pude responder al sentir su tristeza fue: Está bien papá, yo quiero.
La cara que surgió entonces fue la que tuvo hasta su último día. Una de paz. Nos dejó un miércoles, pero no nevaba. Como que el mundo compartía mi ahogo, llovía.